ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Tiempo de Chapala

14 de abril de 2013

Cada año por esta época se habla de Chapala, y casi siempre en el mismo tenor: el nivel del lago a la baja por el estío. Es como un ritual cíclico, se hacen reportajes, se entrevista a los pescadores, a los responsables de CONAGUA, a los restauranteros, al alcalde, se despliegan las estadísticas, los porcentajes históricos, se hacen pronósticos, llegan las lluvias, se olvida el tema, y de algún modo todo sigue igual.

 

El Lago de Chapala, a quien los primeros europeos que lo vieron llamaron “mar chapálico” por su gran extensión y volumen, ha tenido desde la década de los cincuenta del siglo pasado cuatro problemas fundamentales: la sobre explotación, la retención de su principal afluente, el Río Lerma, en las presas del Estado de Guanajuato, el azolvamiento, y la contaminación. Ninguno de esos problemas ha sido cabalmente resuelto por ninguna administración ni federal ni estatal. Otras cuestiones como la evaporación forman parte de su ciclo natural.

 

La sobre explotación proviene principalmente de la ciudad de Guadalajara, que ante la promisoria abundancia de Chapala, cuyas aguas tenía al parecer aseguradas de por vida, se olvidó de buscarla en otros lados, pese a que en el subsuelo de nuestra ciudad corren ríos y se mantienen manantiales una y otra vez descubiertos cuando se hacen pasos a desnivel y una y otra vez entubados y conectados al desagüe.

 

El principal afluente de Chapala ha sido históricamente el Río Lerma, pero desde hace años este río se volvió de temporada, y por lo tanto, de excedentes, ya que su afluente cotidiano es retenido por diversas presas que para favorecer la insaciable industria agrícola del Estado de Guanajuato se fueron construyendo, y como seguramente el Río Lerma ya no les basta, ahora tendrán las aguas del Río Verde, gracias a la generosidad de las autoridades jaliscienses.

 

El azolvamiento es un problema serio frecuentemente denunciado pero ante el cual no se ha hecho nada, con la consecuencia de que los manantiales que posee el propio lago se hallan bloqueados, impidiéndole su beneficio.

 

La contaminación se produce tanto por la entrada temporal del Río Lerma, que arrastra en sus primeros envíos todo tipo de desechos, como por las poblaciones rivereñas, cuyas numerosas plantas de tratamiento de aguas residuales apenas habrán servido el día en que fueron inauguradas.

 

En contraparte no existe en Guadalajara un programa permanente que forme a la población sobre el uso y cuidado del agua; la que aportan las lluvias, en su mayoría, va a parar a los colectores y de ahí a la barranca, ya que las pocas bocas de tormenta que tenemos no almacenan el agua que cae, solamente sirven para alimentar el subsuelo. Ni qué decir del pésimo estado de las redes de distribución, sino que tal vez se mantiene así para contribuir también en ese noble fin de alimentar los lechos freáticos. En cuanto a los proyectos antiguos, como la presa el Purgatorio, ahí siguen, olvidados y recordados más a tenor de las pugnas políticas que de las verdaderas soluciones.