ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿Todo es relativo?

30 de noviembre de 2014

De diversas formas se puede etiquetar la crisis social que vive la nación mexicana, donde un sector de la población, muy por debajo de la mitad, mantiene un estilo de conducta ética admirable, aunque sin compromiso social, por lo mismo observa los males, sacude la cabeza, opina en corto pero no sabe qué hacer o piensa que no puede hacer nada.

 

En torno actúa una enorme masa que considera un triunfo haber superado los principios éticos, y que se rige por su propia ley, la ley de sus gustos, de sus personales necesidades y urgencias, una masa que hace de sus caprichos la norma suprema a la que deben sujetarse todos los demás, lo mismo cuando va conduciendo un vehículo o abusa del trabajo que desempeña, roba lo que puede, o elimina a sus competidores por el recurso que sea.

 

Algunos analistas consideran que buena parte de este fenómeno se pude explicar por el declive de la religión, que históricamente llevó aparejado un compromiso moral inseparable, y por la incapacidad de las instancias educativas para producir un real compromiso ético al margen de las creencias religiosas.

 

Una cuestión parece indiscutible, si una sociedad ha estado por siglos edificada sobre una propuesta religiosa y eventualmente dicha propuesta comienza a ser devaluada sea por los actos de los propios líderes religiosos, sea por la agresión constante y sistemática de otras propuestas religiosas, o por la labor de zapa que desarrollan diversos profesores del sistema público, el primer resultado es una crisis de valores.

 

Los ciudadanos que en este país han asumido una actitud violenta, delincuencial, corrupta, degradada, no son precisamente los cuadros que militan en las parroquias, tampoco quienes lo hacen en alguna otra denominación religiosa, sino una masa que se ha distanciado de unos y otros ante la experiencia del relativismo que ha promovido, sin advertirlo, la abundancia de religiones de todo tipo y la ligereza con que otros actores han banalizado el compromiso ético.

 

La génesis es muy simple, si de pronto una o cien sectas comienzan a sabotear el fundamento religioso original de la sociedad, el efecto será muy simple: de cada cien personas a las que intentan seducir, obtienen diez adeptos y noventa que acaban por no creer en nada, ahora tienen razones lo mismo para no adherirse a éstos que para separarse de aquellos, pero sobre todo, tienen razones para vivir a su libre y personal antojo, lo cual no estaría precisamente mal, si no fuera que ese modo de vivir excluye los derechos de los demás y nos encamina a la anarquía.

 

Es aquí donde una educación de primera línea podría poner algún remedio al caos de la moralidad, pero esa fórmula todavía no existe, y por lo que muestran tantos maestros, habrá todavía que esperar. En su lugar impera la impunidad como aliada del relativismo ético, lo cual permite lo mismo pasarse un alto que incendiar edificios públicos, saquear negocios, llenar el país de fosas clandestinas o estacionarse en lugares prohibidos.