ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Tumor curial

1 de noviembre de 2015

La falsa noticia sobre la salud del Papa Francisco apuntaba a generar condiciones muy delicadas. Quienes la fraguaron estaban poniendo las bases para un posible relevo del pontífice ateniéndose a lo que al respecto establece el derecho canónico.

No podemos ignorar ante este tipo de hechos que las instituciones suelen tener momentos de decadencia que en ocasiones acaban siendo definitivos; la historia está llena de ejemplos a este propósito.

También las instituciones religiosas atraviesan de tiempo en tiempo por momentos de crisis y decadencia, que pueden ser superados o constituir su etapa final. En el momento actual la cristiandad atraviesa por una de esas etapas cruciales, jalonada entre los retos de una nueva civilización, y un patrimonio histórico doctrinal que a veces impulsa y a veces obstruye toda posibilidad de renovación y cambio.

Esta realidad afecta de manera particular a algunos líderes religiosos cuya ortodoxia doctrinal está plenamente asegurada, pero en lo cuales ya no se advierte un fondo valioso que comunicar. Pueden seguir adoctrinando e incluso hacerlo con los métodos más novedosos, pero básicamente las instituciones cristianas no nacieron para adoctrinar, sino para comunicar vida y sentido a la existencia humana proyectándola a un futuro intemporal.

En el sínodo de Roma celebrado en octubre se encontraron de algún modo tanto líderes genuinos como líderes formales, estos preocupados permanentemente por la ley y sus interminables incisos, y fijados en una interpretación literal de la escritura, particularmente en el texto en que Jesús enseña que casarse con una persona divorciada es adulterio. Ese mismo texto añade: “excepto en el caso de que vivan en unión ilegítima”. Nadie al parecer ha intentado interpretar con amplitud y seriedad toda la gama de condiciones que pueden cobijarse bajo el concepto “unión ilegítima”, pues se ciñen a pensar que la legitimidad o ilegitimidad de un matrimonio viene del contrato y las condiciones en que se estableció para que se administrara el sacramento, en tiempo pasado, pero ¿hasta qué punto hechos y actitudes negativos de una pareja, cuando se hacen irreversibles, pueden deslegitimar cualquier acuerdo? Visto desde esta perspectiva ¿qué unión puede ser más ilegítima que aquella en la que los cónyuges se dedican todo el tiempo a quitarse la vida y a destruir a su familia a causa de la violencia irremediable en la que han caído?

Resulta extraño que cuando las circunstancias del tiempo enfrentaron a la cristiandad con el supremo mandato de “no matarás”, si se aplicaron a interpretarlo hasta generar toda una propuesta doctrinal sobre la “guerra justa” y lo que posteriormente se denominará “la legítima defensa”, y ahora algunos sectores de la jerarquía se cierren contundentemente a una superior mirada que, sin desconocer el valor del sacramento y la justicia, abran caminos de reconciliación y de esperanza a quienes honestamente debieron dar un giro a su vida no sin una pesada carga de dolor y desconsuelo.

Ciertamente estos líderes rígidos tienen una mentalidad cristiana académica, pero no siempre han logrado hacer vida cotidiana los valores más esenciales y evidentes de la fe, comenzando con el mayor de todos, el ejercicio de una caridad sin cortapisas.