ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Un año de la fe

18 de noviembre de 2012

Benedicto XVI promulgó un año de la fe y lo inició convocando una asamblea mundial de obispos reunida en Roma el pasado mes de octubre. En coincidencia con el 50 aniversario del inicio de Concilio Vaticano II los líderes católicos se detienen a reflexionar sobre la fe y la pérdida de la fe sobre todo en Europa y en los países industrializados, la pérdida por lo menos de la fe cristiana en sociedades de origen cristiano.

 

Al concluir esta asamblea el propio Pontífice señala tres líneas de acción: mejorar el sistema de iniciación cristiana, evangelizar a los migrantes, y recuperar a las sociedades que habiendo sido cristianas lo dejaron de ser. Desde luego también se abordaron las causas de las pérdidas como un factor que urge atender. En principio pareciera que el grave asunto se está enfrentando a partir de una comprensión intelectiva de la doctrina cristiana, de ahí la importancia que se da a un mejor conocimiento del catecismo católico, en plena congruencia con la tradición racional latina.

 

No obstante sabemos que la fe no es una cuestión meramente intelectiva, sino sobre todo una adhesión vital. La fe es creencia y la vivencia de la creencia no se expresa sólo en un bien fundamentado discurso teológico, sino en la conciencia profunda con que un creyente se dirige a la divinidad en la que cree. Si el cerebro se separa del corazón, las oraciones se pueden leer con perfecta dicción, pero no son oración. Aquí el corazón da testimonio genuino de la adhesión religiosa o de su ausencia.

 

Pero si realmente el cerebro y el corazón coinciden en el acto de la fe, el verdadero testimonio de la sinceridad de esta fe es la caridad. De poco serviría ser doctor en teología, cristología, biblia o moral, si se calumnia y difama al prójimo, si se deja desprotegido al desvalido, si se desprecia al pobre, si se ignora el hambre de los pobres, o de quienes son abatidos por la injusticia y la infamia. En otras palabras, el llamado mundo secularizado no recuperará la fe, en tanto la cristiandad no recupere la caridad.

 

Asunto difícil, porque para comenzar la cristiandad se halla bastante dividida, y sus divisiones se ahondan no solamente por el hecho de que existan sectas, sino porque éstas crecen y prosperan echando mano de los recursos más reprobados por el mismo Evangelio que dicen predicar. Escandalizar, hablar mal de los demás, condenar, intimidar, ridiculizar, juzgar a medio mundo, hacerse cómplice de los poderosos y hasta sobornar, no son precisamente las maneras en que Cristo procedió a la hora de anunciar su doctrina.

 

Sin duda es importante conocer con la mayor claridad la doctrina de la fe, siempre y cuando no se quiera sustituir ésta por aquélla. Igual importancia tendrá la transformación y actualización de las pedagogías, de los estilos y las maneras, a condición de que estén colmadas de contenido vivencial, no meramente teórico, y de que esta vivencia no se reduzca a emocionalismos exaltados; pero sobre todo, que la vivencia de la caridad sea la verdadera pedagogía de la fe, entonces seguramente las cosas mejoraran.