ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Un clásico histórico

24 de agosto de 2014

Improvisar y aprender en la marcha ha sido el esquema histórico de nuestro país desde la confusa y precipitada propuesta de Hidalgo. Consumada la Independencia nadie previó qué tipo de país había que construir. Impuesta la democracia pocos se preocuparon por entender qué era, y mucho menos educar a la sociedad para que aprendiera a vivir el sistema, y así hemos seguido viviendo salvo raras excepciones.

 

Las grandes reformas que se han producido en México desde el Poder Ejecutivo y Legislativo, se hacen eco de esta inercia histórica perversa. El “ahora o nunca” jamás ha dado buenos resultados, y remendar las acciones en el camino cuesta bastante y no da garantías. Sin embargo ya estamos en la misma situación, una reforma fiscal que debió haber sido planeada y ejecutada a lo largo de periodos amplios de tiempo dando ocasión al aprendizaje, a la toma de conciencia, a la creación de una cultura democrática de la contribución desde la rendición de cuentas, y, sorprendentemente, dando tiempo a las propias estructuras recaudadoras para estar ellos mismos al nivel de sus propios requerimientos.

 

Las reformas en materia energética, educativa, laboral y de telecomunicaciones debieron igualmente establecer sus etapas, de manera particular convocar a las entidades involucradas directa o indirectamente; no fue así, en todo caso la convocatoria fue selectiva, en orden a criterios partidistas, no de eficiencia, a estrategias publicitarias, no de claridad y transparencia. En este punto la sociedad y particularmente las instituciones educativas quedaron de meras espectadoras, cuando mucho preocupadas una y otras en cómo defenderse o acoplarse, no en cómo participar, proponer, cuestionar, coadyuvar en el lanzamiento de programas que diesen mayor certeza a las grandes reformas en caso de que éstas fuesen adecuadas.

 

Los sindicatos reaccionaron como siempre, al margen de la marcha del mundo, de las exigencias de un mundo real, capitalista y agresivo, soñando con un futuro, ilusorio, pero sacando la máxima tajada al costo que fuera, ni más ni menos el síndrome Oaxaca.

 

Los empresarios, sumergidos en la vorágine de las reformas fiscales, poco tiempo han tenido de pensar en los retos educativos que las reformas presuponen. Muchos se muestran incapaces de tomar decisiones, de discernir los talentos de su capital humano, reacios a invertir en la capacitación de sus trabajadores, tibios a la hora de lanzarse más allá de las fronteras, pulverizados como poder empresarial, sin estrategias de largo plazo, con vehículos domésticos en la supercarretera global.

 

Las universidades siguen la misma idiosincrasia en lugar de transformarla. Las públicas viven atadas a sus insolubles cacicazgos, cobijando intelectuales orgánicos, produciendo sin cesar camadas de profesionistas para un mundo que ya no existe, exigiendo siempre más y más presupuesto sin dar resultados. Las privadas son una gama infinita que va desde las fraudulentas hasta las prestigiosas, luchando por sobrevivir la mayoría, con muy poca participación en la vida real, presente y activa de la nación. ¿No sería ya el momento de que por lo menos las universidades asumieran el papel que los tiempos actuales exigen?