ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Un día como hoy

25 de diciembre de 2016

Un día como hoy aunque no precisamente un 25 de diciembre, nació Jesús, en el pequeño pueblo de Belén. Quienes fueron testigos circunstanciales del hecho seguramente no advirtieron el extraordinario impacto que ese nacimiento habría de producir en el mundo, ese mundo que hoy, casi en todas partes, recuerda ese momento.

 

Cierto, veinte siglos después la cristiandad no se halla en su mejor momento, por más que tenga el mejor líder de los últimos tiempos. La paulatina afirmación de una nueva civilización establecida sobre criterios y principios tan distantes del pensamiento cristiano, convierten la navidad en una fiesta comercial carente de sentido para un sinfín de alegres participantes, en una enorme esfera de brillantes y luminosos colores, pero completamente hueca. Incluso ocurre que la forma en que hoy se celebra dicha fiesta, por cristianos y no cristianos, es diametralmente opuesta al mensaje del hijo de Dios nacido en un establo, y recostado sobre un pesebre. Probablemente la amenaza que supone conocer a fondo lo que Jesús enseñó, nos ha llevado a ponerlo en el olvido y a quedarnos con los aspectos amables y festivos del acontecimiento. La abundancia de luces y oropeles acaba suavizando el hecho impactante y lastimero de ver a un niño que ha nacido en tan penosas condiciones.

 

El mensaje sin embargo permanece, y se anuncia en términos de la solidaridad divina con la condición humana, del llamado a la recuperación de la propia conciencia para construir una vida acorde a la nueva dignidad del ser humano liberado por Cristo. Este mensaje no se agota en la persona individual, por el contrario, su esencia radica en su carácter comunitario, y la importancia de la vida en común no es solamente para el propio aprovechamiento, sino de manera particular, para el provecho del mundo.

 

Un mensaje fácil de vivir si se parte de la experiencia de Cristo, pero difícil si se quiere cumplir desde la mera normatividad doctrinaria o moralizante, y hay que advertir que nada ha sido tan terriblemente anticristiano como la presencia y la acción de “cristianos” puritanos y fariseos, dedicados a señalar, etiquetar y marginar a cuantos no se ajustan a su forma de entender la religión, defensores agresivos de las verdades abstractas de la fe, al margen por completo de la caridad y de sus saludables y liberadoras consecuencias.

 

Por el mismo camino equivocado transitan hoy no pocos mandatarios de países hiperindustrializados o no, que se ostentan como “cristianos”, independientemente de lo que estén entendiendo por tal adscripción, ya que sus propuestas, lenguaje, acciones y decisiones dicen lo contrario a lo que afirman creer.

 

En parte se explica por la reducción que el cristianismo ha sufrido a lo largo del tiempo, con subidas y bajadas, acabando en un mero referente cultural que permite a los corruptos celebrar la navidad con el fruto de sus chantajes y adornar con lujo navideño los espacios públicos desde los cuales los actores políticos promulgan leyes arbitrarias o lanzan amenazas a todos los pueblos de la tierra bajo la bandera del egoísmo nacionalista más recalcitrante.

 

No obstante el mensaje permanece y es inmortal, es el mensaje de la compasión y de la esperanza, aún la naturaleza más dañada, la humana, puede restaurarse y conocer un nuevo amanecer.