ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Un gobierno de precandidatos

26 de junio de 2011

Al mundo de la política toda la gente llega como precandidato, y apenas gana lo sigue siendo de por vida. Este fenómeno antes eventual hoy se ha convertido en un verdadero cáncer de la función pública, uno más de todos los que ya acarrea nuestro decrépito sistema democrático.

La suerte de los gobiernos en manos de perpetuos precandidatos a lo que sea, salta a la vista. Los sexenios se reducen a cuatro años, y los trienios a uno y medio. Pero esos espacios de administración cada vez más reducidos enfrentan el riesgo de orientarse no tanto al bien público, sino a aquellas acciones que abonen al alcalde precandidato, o al gobernador precandidato, diputado, senador, regidor o cualquier otro cargo que se use para ser una y otra vez precandidato a algo. Los recursos de la comunidad directa e indirectamente se invertirán, bajo cualquier eufemismo, a favorecer los intereses del precandidato en funciones. Dicho defraudamiento de los recursos incluyen lo invertido en publicar a través de todos los medios cuanta acción real o supuesta beneficia la inminente precandidatura, con su buena dosis de discursos, denuncias, comparativos, y autoelogios, en la inauguración de obras de todo talante, o en la apertura de congresos, seminarios, simposios, o talleres de toda monta. La visión de largo plazo en lo que mira a proyectos municipales o estatales simplemente desaparece porque para todo precandidato que se respete no hay otra visión más importante que la del siguiente periodo de gobierno.

Ciertamente en las luchas de precandidatos los fines son muchas veces solamente medios. Aspirar, por ejemplo, a la Presidencia de la República con todos los recursos habidos y por haber se ha convertido en un mensaje subliminal al candidato que sí va a ganar y a los honorables presidentes de los partidos, de que el precandidato “perdedor” requiere de consideraciones: una secretaría federal o estatal, una diputación aquí o allá, un cargo de senador, la dirección de Pemex, o financiamiento para seguir girando de precandidato perpetuo, sin funciones, el siguiente periodo.

Por si esto no bastara para frenar el desarrollo y el crecimiento del país y de sus estados, los precandidatos, permanentemente obsesionados por ganar la que sigue, evitan cuidadosamente tomar cualquier tipo de decisiones, por indispensables que sean, que puedan afectar sus aspiraciones, sobre todo en lo que mira al mantenimiento del orden y la disciplina social. En el Gobierno de los precandidatos todo se puede, todo se permite, nada se sanciona, es un mundo feliz artificial que creen, puede asegurarles más y más votos. Las consecuencias las pagamos todos diariamente, y si alguien piensa que los congresos deberían establecer nuevas regulaciones para evitar o sancionar este desbarajuste, está olvidando primero, que sus integrantes suelen padecer del mismo mal, y segundo, que en una sociedad sin conciencia democrática aún las leyes más perfectas seguirán siendo vulneradas.