ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Un mundo nos vigila

10 de abril de 2011

Así se llamaba aquel programa de don Pedro Ferriz, obsesionado con los marcianos. Hoy sin embargo, la posibilidad de que un “mundo” nos vigile se ha hecho casi tan real como imaginaba Orwell en su novela 1984. Ya entonces el autor advertía el advenimiento de un “hermano mayor” tan omnipresente que sería capaz de adivinar incluso nuestros pensamientos. Seguramente se trataba de una radicalización de lo que ya sucedía en regímenes de tipo comunista, pero que finalmente sería puesto en práctica por países capitalistas.

 

Guadalajara no iba a quedarse fuera de la globalización observadora, ya desde hacía varios años una connotada colonia del poniente tapatío gozaba de cámaras de vigilancia a las cuales solamente los narcos podían escaparse. Hoy se habla de cientos de aparatos destinados a vigilar las vías públicas por diversos rumbos de la ciudad, por lo menos de lunes a viernes y según el horario de los responsables, obvio, tenía que ser vigilancia a nuestro modo.

 

La medida es correcta. Frente a una sociedad anárquica donde la vía pública se ha vuelto una jungla, dotar a la ciudad del mayor número de cámaras de vigilancia por lo menos inhibirá tanto a los delincuentes como a los constantes infractores de las normas de tránsito, otra cosa es el seguimiento que pueda darse a la información, es decir, que efectivamente el delito no siga quedando impune y que la información sea cuidadosamente analizada.

 

Por aquello de las dudas, el honorable Ayuntamiento ya estableció un reglamento que salvaguarde la privacidad de las personas, porque resulta que de la vigilancia al espionaje el paso es muy breve, y mucho más breve el paso entre la preocupación por la seguridad y el afán de mancharle a alguien la carrera.

 

Ninguna novedad, ya desde los tiempos bíblicos se dio el espionaje malévolo y miembros de respetables instituciones guardianas de la moralidad y la ley de Moisés no tuvieron escrúpulos en manipular información, alterarla o simplemente usar aún los datos más inocuos en perjuicio de sus víctimas. Por lo mismo usar del espionaje para impedir que fulano sea candidato y si ya lo es, no llegue a donde pretende, se ha vuelto cosa tan común como impune. Con la más aberrante de las inmoralidades se acusará a estos personajes de ser adictos a las drogas, cómplices de los narcos, defraudadores del fisco, o depravados sexuales, insistiendo en los temas que la morbosidad social del momento privilegie, y seguros los que lo dicen de que siempre habrá repetidores aún más torpes dispuestos a divulgar sus dichos como verdades absolutas.

 

Claro que los tiempos cambian incluso para el perenne espionaje ahora puesto al descubierto por WikiLeaks, al menos el de la diplomacia, cuya lección debe ser aprendida por todos como una forma de poner límite a los excesos de un espionaje corrupto, bien protegido por la criminal secrecía.