ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Una buena propuesta

13 de enero de 2013

Entre las reformas que se presentarán para su evaluación al Congreso Federal destaca la relativa a la fecha de inicio del Gobierno presidencial, que pasaría del 1 de diciembre al 15 de septiembre.

 

El propósito de la reforma radica en la reducción de tiempos muertos que no por muertos dejan de ser costosos para el país. Hasta el presente el candidato ganador debe esperar varios meses entre la fecha de las elecciones y la fecha en que asume el mandato; probablemente se pensó en ese periodo para que el triunfador descanse, para que se desahoguen todas las controversias electorales posibles, para que la nación se resigne al nuevo rostro del poder, o los integrantes del Gobierno saliente tengan el tiempo suficiente para arreglárselas con el cambio o la derrota, si fue también de partido, busquen empleo los inminentes desempleados, y ahora sí, ahorren al máximo los que van de salida, vacíen las dependencias y borren evidencias comprometedoras.

 

En el entretanto, todo mundo sigue comiendo y quiere hacerlo bastante bien, unos por la nostalgia de que ya se van y otros por el regocijo de que ya llegaron, asunto éste que se disimula con la creación de los famosos y voluminosos equipos de transición, cuyo clima laboral ha de ser de lo más noble, generoso y civilizado posible. No habría problema, en principio, si estas inteligentes iniciativas no requirieran, como es de suponer, de cuantioso presupuesto. Se trata pues de cinco meses semejantes a los cinco días aciagos del calendario maya, o divinos, en el calendario egipcio, que cerraban en ambos casos la cuenta del año, y durante los cuales nada podía pasar o todo podía acabar.

 

No obstante, debido a nuestra conocida idiosincrasia, hay un asunto que sí es grave: la parálisis del Gobierno y el modo en que ésta afecta el funcionamiento de la sociedad. El presidente que concluye su mandato manda poco y más poco aún le obedecen, podrá dedicarse como hizo Calderón, a realizar zigzagueantes y frenéticas giras de inauguración por los cuatro rumbos de la patria, algo así como las giras artísticas que organizan los cantantes en retiro, aunque con menos enjundia, o simplemente disfrutar de los últimos sorbos del poder en la comodidad de la casa presidencial. En los deplorables tiempos de las monarquías, muerto el rey entraba el sucesor de inmediato, ya fuese el heredero o su regente, de manera que “vacíos” de poder nunca se daban.

 

El Presidente electo por su parte, si ya le anda por servir a la nación, podrá desde luego comenzar a ahondar planes y proyectos, refinar pactos y acuerdos, revisar reformas y cabildearlas, sabedor de que a él sí todo mundo le obedece aunque todavía no haya tomado oficialmente el mandato. Si el susodicho es de carácter tranquilo, esperará con paciencia de mártir el día feliz de su entronización, guardando sus abundantes energías para el momento preciso, aparte de que no hay que comer ansias, no se ve bien un país con dos presidentes operando.

 

Pero si todas estas calamidades ocurren cuando la toma de posesión del nuevo presidente se difiere 5 meses, qué no se diría cuando este lapso es de 7, como ocurre en el Estado de Jalisco, si se considera que las elecciones fueron al inicio de julio y la toma de posesión se tiene para el ¡1 de marzo! Tenemos que pensar que el Congreso de nuestro Estado, ya en funciones desde hace meses, aunque no necesariamente funcionando, tendrá que proponer una reforma similar a la federal, a fin de que el tiempo se acorte y cuando muy lejos, para el 1 de septiembre del año electoral, tome posesión el Gobierno estatal.