ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Una pascua para México

4 de abril de 2010

Una de las creaciones más antiguas de la Iglesia fue el domingo. Todavía en el siglo IV este día ni se llamaba así ni tenía significado religioso, era simplemente el primer día de la semana, después del sábado, y se denominaba primera feria, día en que se reunía la comunidad para celebrar, cada ocho días, el triunfo de Cristo, su “Pascua”, es decir, su paso.

 

La luz, el agua, la palabra, la comunión y la fraternidad se habían ya desde el principio constituido en los símbolos de esta celebración, cuyo trasfondo eran la conciencia, la purificación, la responsabilidad, el esfuerzo, y la generosidad. La pascua dominical y la anual, han sido siempre una fiesta de la vida, pero no de la vida como un logro fácil, sino como la consecuencia del empeño y aún del sacrificio. En ocasiones es necesario sufrir para alcanzar  el ideal deseado, realidad que el ser humano vive todos los días o todos los días traiciona quedándose con las manos vacías. La pedagogía de la cultura cristiana expresó este fuerte contraste acentuando el carácter martirial del viernes santo con la efusión triunfal del domingo de resurrección, primavera de la vida de cuyo sacrificio se logra abundante fruto.

 

Aunque la Pascua se ha celebrado en nuestra tierra desde hace ya casi cinco siglos con toda una rica variedad de formas y símbolos, los tiempos actuales hacen mucho más exigente su comprensión y  vivencia. El dinero fácil para obtener el placer intenso se ha vuelto hoy día  una de las peores trampas para la sociedad mexicana, especialmente para los jóvenes, entre los cuales reclutan las mafias sus mayores contingentes. La cultura del espectáculo, el afán obsesivo por la diversión,  la búsqueda de estimulantes que la intensifiquen, y de los recursos para obtenerlo  nos ha convertido en consumidores de drogas y en delincuentes, lo mismo entre los que provocan el crimen que entre quienes buscan reprimirlo. En este sentido, como ha dicho el Presidente Calderón, “todos somos Juárez”, ya que todos de alguna forma participamos de lo que  toleramos. También toleramos la imposición de un sistema económico  que ha ido negando  a mayor número de personas la posibilidad  del desarrollo y del crecimiento, incrementando la psicosis social de nuestros días.

 

Que la razón fundamental de la felicidad radique en el gozo simple y llano de vivir en plenitud, sin adicciones, sin evasiones, sin apegos, sin la búsqueda neurótica de las apariencias, sin perder el equilibrio y la dignidad, en la experiencia de una libertad que nos hace superar el temor y el deseo, que nos abren a los demás y nos invitan a participar de lo que somos y tenemos con generosidad, todo eso es el mensaje de la Pascua que se ha tejido en la densidad de un Viernes Santo.