ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Universidades a futuro

26 de abril de 2009

En una misma semana, universidades públicas y privadas, nacionales y extranjeras, en distintos lugares de Jalisco, se han reunido para analizar diversas agendas.

 

Entre las preocupaciones que han dominado el quehacer universitario en los últimos años, se destaca el tema de la excelencia y la calidad del proceso enseñanza–aprendizaje, que entre otras cosas ha exigido elevar el currículum de los profesores, mejorar constantemente su capacitación pedagógica y actualizar la tecnología educativa en todos los campos. Éstas y muchas otras acciones exigen una abundante derrama económica cuya expectativa es propiciar el progreso general del país.

 

Lamentablemente no siempre la Secretaría de Educación Pública va a la par con estos esfuerzos, una prueba de ello es la proliferación todavía irrefrenable de infinitas universidades, institutos, academias y colegios que por todas partes siguen ofreciendo certificados de preparatoria en 12 meses sin intereses, o carreras al vapor de obtenga el título ahora y estudie después.

 

Adicionalmente, las mismas universidades que se reconocen como instituciones serias y respetables, no siempre han logrado hacer de sus egresados agentes auténticos de transformación social, por mucha excelencia académica que ostenten.

 

Parte de esta limitación obedece a la renuencia que los propios universitarios muestran a toda enseñanza que esté más allá de los fines pragmáticos a que reducen sus estudios. Por lo mismo, las universidades muchas veces han claudicado reduciéndose efectivamente a fábricas de profesionistas con notables conocimientos teóricos, numerosas habilidades para poner en práctica dichos conocimientos, pero carentes de actitudes y valores para sostener una existencia humana que enriquezca a la sociedad a través de un ejercicio profesional no solamente técnicamente eficaz, sino éticamente impecable.

 

En este punto podemos decir que casi todas las instituciones educativas se han mostrado débiles, si no es que impotentes para afrontar el reto de enseñar a vivir a las nuevas generaciones de profesionistas en escala humanista, cultivando en ellas las actitudes de la constancia, el esfuerzo, la formalidad, así como los valores de la honestidad, la veracidad, la generosidad y tantos otros cuya ausencia está hundiendo al país en un caos cuyo rostro más brutal es la escalada de delincuencia que azota a la sociedad, y peor aún, que acaba siendo aceptada por todos y hasta defendida por la clientela de los cárteles, como hemos visto en algunas ciudades del Norte.

 

Es de la mayor importancia el que las universidades públicas y privadas sigan apostando a una excelencia educativa que debe ser evaluada por las instancias acreditadoras más exigentes y objetivas, pero no hay mejor acreditación que la medición de los resultados ofrecidos por quienes egresan de dichas instituciones, resultados que deben ser integrales, es decir, que no miran solamente a los resultados pragmáticos, sino también a la calidad humana de las personas, pues con mucha frecuencia es precisamente la calidad humana lo que hace triunfar al profesionista aún en escenarios tan críticos como el que enfrentamos hoy día, también en el plano del desempleo y la crisis económica.