ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Versalles y el nuevo sexenio

2 de diciembre de 2012

Luis XVI y María Antonieta nunca advirtieron que se estaban jugando su propia cabeza, no lo advirtieron porque Versalles era un extraordinario y fantástico universo cerrado en sí mismo, donde nada hacía falta y donde todo prometía jamás faltar. Como príncipes de sangre, habían crecido en esos mundos de la monarquía absoluta que se bastaban a sí mismos sin nunca tener que preguntarse sobre las causas y fuentes de su aparentemente inacabable abundancia.

 

Lo advirtieron casi al pie del cadalso. Ni su infancia, ni la infancia de sus padres podría haberlos preparado para una situación de esa inaudita naturaleza. Poco sabían del entorno agresivo que rodeó el final de sus vidas, esos cientos de rostros tan distintos y ajenos a los que siempre habían visto. En México, el Versalles cotidiano lo vive la clase política con el agravante de que muchos de sus representantes sí han conocido en carne propia la miseria y por eso hacen hasta lo imposible por no volver a saber nada de ella. Envueltos en los ropajes del poder y del dinero no adivinan si lo que los cubre es una bata de seda o una mortaja de lujo.

 

Como en Versalles, los detentores del poder organizan y participan en banquetes y comilonas con un costo que miles de familias en este país no pudieran siquiera imaginar, pues lo que ahí se gasta en una cena, ellos no lo reunirían en toda su vida. Y los hijos de estos poderosos que ya antes de concluir el sexenio serán además ricos, crecen en esa marginalidad a la inversa, imaginando que la vida real es la que ellos llevan y que no existe otra. Eventualmente reparan en los pobres que los sirven de jardineros, choferes, mucamas o cocineras, han oído decir que son “los pobres”, no más.

 

En vísperas del cambio sexenal mucho lastima ver los excesos de las fiestas y celebraciones de entrada, y luego el tren de vida de los altos funcionarios, la perversidad de las leyes que los eximen hasta de pagar los impuestos y les  otorgan salarios exorbitantes, de no atenderse en el Seguro Social, porque ellos “merecen” mejor trato, de poseer vehículos financiados por el erario público hasta en el gasto de gasolina.

 

No basta ser un país de pobres para tener una clase política adinerada y prepotente, se requiere ser además un país alienado, embrutecido, indiferente y sobajado, sin otro empeño que buscar el pan de cada día y evadirse del modo a su alcance, y que hagan los otros lo que quieran.

 

Los discursos políticos se reeditarán ahora con nuevas voces, las giras nacionales y extranjeras incluso ya anticipadas, la bohemia podrida de los congresos y los ayuntamientos. La ciudadanía consciente no podrá creerles nada mientras no se rebajen drásticamente los salarios, mientras no ajusten su vida y la de las instituciones a las condiciones de austeridad que la situación exige, mientras no den auténticos resultados en la eficacia de gobierno que siempre consistirá en una óptima calidad de los servicios, seguridad a toda prueba, destierro de la corrupción y la impunidad, crecimiento equitativo.