ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Viernes de Dolores

21 de marzo de 2010

El próximo 26 de marzo es viernes de Dolores. Altares dedicados a la Virgen Dolorosa, colmados de ceras y veladoras dieron origen a que fuesen llamados “incendios”. La Guadalajara de todavía no hace mucho, los hacía en las salas de sus casas para que todo mundo, desde el atardecer, los fuese contemplando a través de las ventanas enrejadas. Hoy son casi un recuerdo que solamente las instituciones culturales tratan de preservar, cumpliéndose la sentencia de siempre: es muy difícil crear una tradición, y más difícil resucitarla si se le deja acabar.

 

Pero el viernes de Dolores nos enseña también la capacidad que el cristianismo ha tenido para integrar  el dolor como un ingrediente de la vida; ni buscado ni evadido obsesivamente, cuando el dolor viene se le ha de vivir para mejor superarlo, o si ha llegado para instalarse, aprender a convivir con él.

 

Cierto que nuestro viernes de Dolores se anticipó este año y tuvo como escenario la fatídica Ciudad Juárez, justo en el momento en que personal del Consulado Norteamericano debió pagar también su cuota de sangre, fruto amargo del impresionante negocio de las armas que en aquel país se ofrecen y publicitan en famosas ferias a lo largo de la frontera, consecuencia inevitable de la muy capitalista ley de la oferta y la demanda de enervantes de tan alta densidad en Estados Unidos.

 

Los dimes y diretes se alternaron con las declaraciones formales y diplomáticas, la nueva visita del presidente Calderón a Ciudad Juárez, y la agenda de una próxima reunión entre los mandatarios de este y aquel país. Así fue que se oyó decir que el Ejército Mexicano estaba resultando tan ineficaz para combatir a la delincuencia, como ineficaz es todo el aparato de gobierno norteamericano para impedir el contrabando de drogas dentro de su territorio, y el contrabando de armas hacia México. Y entre éstas y aquéllas resulta que de pronto la policía de por allá, como por arte de magia, captura a numerosos integrantes de bandas mafiosas texanas, sembrando en la perspicacia de los observadores infinitas dudas. ¿Por qué no los habían detenido antes? ¿Rompieron el compromiso de respetarlos a ellos? ¿En ese mismo supuesto compromiso no se incluía el respeto hacia nosotros? ¿Qué episodio sigue en esta trágica saga?

 

Nuestra sociedad no ha querido admitir que buena parte de esta problemática radica en la disfunción de las instituciones públicas y privadas, en la discapacidad de los tres niveles de gobierno para trabajar en conjunto, en el fracaso educativo que se observa en la familia, en la escuela y en las asociaciones religiosas, frecuentemente impactadas por esa civilización del espectáculo magistralmente descrita por Vargas Llosa, y cuyas consecuencias son brutalmente vividas hoy día por miles de familias mexicanas. Nuestro viernes de Dolores amenaza con ser muy prolongado.