ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Violencia socializada

23 de agosto de 2009

La civilidad es la resultante de un equilibrio mucho más frágil que el equilibrio ecológico. En este arte se integran instintos, emociones y razonamiento a tenor de un denominador común que actúa como estímulo y aliciente.

 

Cual sea el denominador común del ser y quehacer del hombre actual exige de peculiar análisis, por la violencia misma que observamos en todos los niveles de la sociedad. A primera vista pareciera que la violencia es algo que hacen los demás, los que aparecen en la nota roja de los noticieros impresos, visuales o auditivos, o en las primeras planas cuando se trata de guerras, atentados terroristas, invasiones o golpes de Estado. Sin embargo en la medida que el índice de violencia aumenta en una sociedad, cabe pensar que la violencia se ha vuelto la reacción cotidiana de todos sus integrantes, en diverso grado, y ya no de manera eventual, sino como una constante que en un determinado momento rebasa todo cauce.

 

Nos hemos vuelto violentos y hacemos uso de esta actitud con la palabra y con el silencio, con el asesinato y con el suicidio, por medio de marchas y manifestaciones, o a través del grafitti o consumo de drogas. Ejercemos la violencia en contra de los animales, de las personas, de las cosas y de nosotros mismos. Una distracción frente a la luz verde del semáforo, un descuido del árbitro, un reclamo justo o la más mínima diferencia de opinión desata torrentes de violencia, porque día tras día la gente genera violencia, la acumula y la tensa para que se dispare a la menor provocación.

 

Vemos líderes de gestos violentos, propagandistas religiosos que rezuman odio en contra de quienes creen de otra manera, políticos que agreden física o verbalmente a sus oponentes, artistas que ofenden a su público, guardaespaldas que actúan como criminales, saña en las intrigas, encarnizamiento en la venganza, y por ende, masacres cada vez más frecuentes.

 

Esta violencia está presente aún en los servicios que se prestan cuando se ofrecen desde la frustración y la ansiedad, caso típico de esta realidad es el síndrome de los conductores del transporte urbano, que agreden a sus vehículos, a los ajenos y a las calles, maltratan a la gente que les paga, se hacen la guerra entre ellos mismos, y acaban asesinando. No son el único o mejor ejemplo, pero es el más conocido, por ambulante. Y a decir verdad, los señores transportistas no son sino el reflejo de la misma sociedad que ha roto el equilibrio de sus potencialidades seducida por el afán de tener para disfrutar, opción que vitaliza los instintos y las emociones por encima de la razón, pero que destruye la civilidad y la vida.

 

Dado que nunca se tiene lo suficiente ni se disfruta lo suficiente, la ansiedad resultante se constituye en el generador más cotidiano de la violencia, que como resentimiento se avalancha sobre sí mismo y sobre los demás ¿Qué parte tienen en la producción de esta violencia integral los medios de comunicación?