ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Visita pontificia

7 de febrero de 2016

Como era de esperarse la visita del Papa Francisco a México generó desde su anuncio diversos escenarios.

 

Podía ser o no una visita de Estado, en tanto se desenredaban los ideólogos, se decidió que el Presidente lo recibiría en Palacio Nacional, pues ningún presidente, rey o jeque, va a perderse la oportunidad de aparecer en los medios de comunicación mundiales recibiendo al líder religioso de más de mil millones de seres humanos, quién además en muy poco tiempo ha obtenido un prestigio moral de primer orden. El presidente Obama lo entendió bastante bien y lo mostró cuando el Papa Francisco visitó ese poderoso país.

 

Podía o no ser invitado a ofrecer un discurso en el Congreso de la Nación, invitación que solamente le han hecho organismos internacionales de la mayor importancia como la ONU y el Parlamento Europeo, o países con un muy elevado perfil político y democrático, pero en el nuestro en primer lugar habría sido una lamentable pérdida de tiempo para el Papa, y en segundo lugar el exacerbado fanatismo secular y el demagógico partidismo lo enlodaron todo.

 

Podía haber venido a Jalisco, pero la agenda del Papa privilegió a las regiones que más se han significado en los últimos años por el dolor y la crisis de las instituciones que en principio deberían garantizar la seguridad y la vida de todos, así los estados de Chiapas, Michoacán y Chihuahua.

 

Puede ser la ocasión para que los medios de comunicación, tan ávidos de acaparar la transmisión de los diversos actos que cumplirá el Papa, se cuestionaran sobre el papel que cumplen en la sociedad antes y después de la esperada visita, comprometiéndose a elevar, ahora sí, la calidad de sus programas.

 

Puede también impulsar un nuevo empeño del empresariado mexicano para apoyar con sus cuantiosos excedentes un mayor compromiso social, y desde su posición influyente, presionar una verdadera transformación de la democracia mexicana.

 

Puede, particularmente, ejercer una influencia más contundente sobre los líderes religiosos mexicanos para que se ubiquen con mayor evidencia en el papel que desempeñan, sacudan inercias y proyecten planes de evangelización más realistas, de mayor amplitud y efecto, y en cuya ejecución se involucren profundamente, al estilo del Pontífice que reciben y aplaudirán.

Para los católicos será la ocasión de afirmarse en la fe, pues la función del Papa es precisamente confirmar a los hermanos en la fe de Cristo y de su Evangelio; no en la fe del populista “México siempre fiel”, sino en la fe del México que transforma en vida lo que cree, en lugar de contentarse conservando formas sin contenido, fervores pasajeros, o como dijera el arzobispo Luis María Martínez, una sociedad con mucha adhesión al credo y poca adhesión a los mandamientos.

 

Para cuantos en nuestro país viven inmersos en la corrupción, se mantienen de actividades delincuenciales, o ejercen cualquier tipo de violencia puede ser la ocasión de un cambio a tiempo de un estilo de vida cada vez más perverso y destructivo.

 

Para todos será ciertamente la posibilidad de escuchar un mensaje pleno de contenido tanto en la palabra como en quién la pronuncia.