ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Vivir en Guadalajara

11 de agosto de 2013

La calidad de vida es uno de los aspectos que se miden más constantemente cuando se trata de valorar la habitabilidad de una ciudad. Esta calidad de vida supone analizar el aire que se respira, la calidad de agua que se recibe y su frecuencia, el costo de los alimentos y de la vivienda; desde luego que pueden entrar otros factores tan decisivos como es la seguridad, la movilidad,  las mismas oportunidades de trabajo, y la buena vecindad.

 

Guadalajara como tantas otras ciudades del país enfrenta sin embargo otra situación que debe ser muy bien analizada: las condiciones que ofrece para respetar el descanso y la tranquilidad de los ciudadanos cuando están en su casa. Pareciera cuestión muy simple, pero cuando por azares del destino le toca vivir junto a un vecino que hace fiesta todos los días, o invariablemente los fines de semana, o lo que es peor, se viene a instalar frente a su casa, a un lado o detrás, uno de los llamados antros, necesitaría usted ser diputado, familiar del gobernador o del alcalde, para que las normas que regulan este tipo de establecimientos se aplicaran sin miramiento alguno.

 

Es el caso de la gran mayoría de los habitantes de las ciudades mexicanas que a pesar de las leyes que regulan el uso del suelo, las leyes que estipulan las condiciones de apertura de un antro, y un infinito número de normas a este propósito, deben soportar por lo menos dos cosas, el ruido a todo volumen de los ritmos de moda hasta el amanecer, y la total impunidad con que se violan todas las normas al respecto.

 

El esquema a seguir en estos casos es muy simple. Los ciudadanos molestos por esta intrusión del ruido ajeno en su propia casa llaman a la policía, responsable de sancionar estas faltas, en caso de que le tomen la llamada  le informan, amablemente, que de inmediato enviarán una “unidad”; en el mejor de los casos la “unidad” llega, amonesta a los escandalosos, y se va, para que la fiesta siga, pero ahora con más ganas para que se sepa que “poderosos caballero es don dinero”. Si se trata de un antro, el trámite para que se cumplan las normas o le bajen al volumen, es mucho más complejo y dilatado, pero igualmente inútil; puede haber antros frente a edificios de departamentos, aún en zonas donde viven personas de la llamada alta sociedad, el antro es todavía más alto en sus influencias y permanece ahí le guste a quién le guste, con o sin antecedentes de balaceras, consumo de drogas o lo que pueda usted imaginar. Si eso le ocurre a las personas que por su posición pudieran lograr mayores índices de respuesta y de justicia, imaginemos lo que experimentan cientos de familias que viven y sobreviven sin dormir en los sectores libertad y reforma, en esas zonas de “centros botaneros”, cantinas, antros y demás tugurios por el estilo.

 

Pero como quiera que ayuntamientos pasados le apostaron a la creación de empleos en estos rubros, hoy día de la avenida Chapultepec a la calzada Independencia, entre avenida la Paz y Manuel Acuña, operan hasta antros de azotea, para que la buena música se expanda a los cuatro vientos y la ciudadanía pueda soñar que duerme hasta el amanecer.

 

Calidad de vida es no sólo tener las mejores normas para asegurarla, sino sobre todo, autoridades que efectivamente las hagan cumplir.