ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿Volver a empezar?

15 de julio de 2012

El nuevo fracaso nacional de la izquierda, real o amañado, cualquier cosa que por izquierda se entienda, redunda en la afirmación del bipartidismo federal como una posible práctica a futuro. Concluida la oportunidad de la derecha, o cualquier cosa que por derecha se entienda, los votantes no tenían otra opción posible que el PRI, partido que a su vez tuvo un receso de 12 años. En ese periodo sus grandes figuras se avejentaron, cambiaron los gustos sociales, la experiencia dejó de ser significativa y el gusto popular por la apariencia se volvió dominante.

 

A la hora de volver a empezar, con caras nuevas y experimentados recursos, los mil compromisos notariados del candidato triunfador se tornan irrelevantes, pues la presión y el hostigamiento que sufre ya el nuevo presidente electo es mayor que el experimentado en su campaña, sobre todo porque le viene de dentro, de sus partisanos. Quien por 12 años ha padecido hambre corre el peligro de avorazarse a la hora en que puede comer de nuevo. Sin duda muchos habrá que se contentarán con poco, pero otros más no lo harán sino con mucho. El primer reto del nuevo Gobierno nace así en una colisión entre principios clientelares y las promesas de un nuevo PRI. Para ser fiel a la nación tendría que ser infiel a sus postuladores, o intentar caminos intermedios o aparentes, con lo cual se mantendría vigente el viejo PRI, pero con un maquillaje contemporáneo.

 

Pero no debemos olvidar que ya hubo otro nuevo PRI, el de Carlos Salinas de Gortari, cuyo sistema ha permanecido prácticamente inmutable durante los últimos 18 años, y muy probablemente así permanezca, con la renovada esperanza, más mesiánica que la de López Obrador, de que la sumisión a las políticas económicas de Estados Unidos nos traerá la prosperidad por tantos sexenios pospuesta.

 

Jalisco por su parte tenía sólo dos alternativas, sumarse a tirar de la carreta como lo hacen los estados sureños, o fortalecer una alternativa disidente, como lo ha sido el PRD en el Distrito Federal, aún si fuera sosteniendo a la derecha, o bien, apoyando una izquierda local en apariencia divorciada del PRD. Una decisión de ese tamaño habría requerido en primer lugar de una transformación de los grupos de poder, que les diera más altura de miras, horizontes más amplios y de más larga duración, así como un mejor discernimiento ciudadano.

 

Por otra parte, para por lo menos quebrantar el imperialismo económico que pesa sobre México, necesitaríamos igualmente una visión política genuina, propia de hombres honestos que apuestan a los ideales legítimos por encima de sus intereses personales o partidistas, pero también necesitaríamos una sociedad capaz de producir a éstos y desalentar a los que siempre hemos tenido con muy erráticas excepciones.

 

El verdadero problema no son entonces los nuevos gobernantes, que podrán ser mejores, iguales o peores que los anteriores, sino la sociedad misma, que deberá seguir construyendo alternativas creíbles, pero también caminos nuevos que le permitan un ejercicio participativo más eficaz en la función pública.