ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Y arrancaron

12 de abril de 2015

Las autoridades en funciones no están interesadas en el fomento de una verdadera ciudadanía democrática, tampoco las instituciones educativas. Por lo mismo debemos sufrir una vez más la avalancha de las campañas electorales con todas las taras y carencias que les hemos conocido desde hace muchos procesos semejantes, y también advertir el riesgo permanente de una decisión poco ponderada o establecida con base a criterios que nada tienen que ver con el verdadero manejo de la cosa pública.

 

Por lo común todos los candidatos al puesto que sea, quieren hablar, presentar sus propuestas, denunciar a los contrincantes, exhibir la ropa sucia de los gobiernos salientes, prometer y hasta jurar con notario a la vista la serie infinita de compromisos que dicen cumplirán si el voto ciudadano los favorece. Ninguno en cambio quiere escuchar.

 

Diez partidos se han ya repartido el presupuesto que se les asignó, parte del cual gastarán en salarios temporales, toneladas de basura promocional, y anuncios de radio, televisión e internet, donde la verdadera pasarela es para la mercadotecnia contratada, ya que lo que está en juego no es la pertinencia real de un candidato, sino el poder de convencer a través del manejo mediático.

 

Lamentablemente muchos de los competidores dejan tras de sí un puesto público devengado de manera irresponsable e inmoral, sin resultado alguno apreciable, mostrando sin embargo una insaciable sed por seguir viviendo del presupuesto. Muchos también se habían comprometido a trabajar su cargo por tres años, pero gracias a las complicidades y corruptelas del mundo político, ya andan sueltos en busca del siguiente trapecio. Esta sola acción debería bastar para descalificarlos frente a la opinión del ciudadano.

 

En la presente contienda electoral participa el sorprendente número de diez partidos políticos. Tan crecido número de participantes es también la consecuencia del liberalismo mexicano que tanto ha corrompido y desvirtuado la legítima democracia, expresión más de la fragmentación política que de una genuina pluralidad, herencia pesada de la era de las ideologías, ya muerta y sepultada, pero que en México se sigue manteniendo con vida artificial dadas las tantas posibilidades que ofrece para lucrar en el erario público.

 

Ciertamente podría haber en nuestro país no diez sino treinta o más partidos, siempre y cuando se les privara a todos de recursos públicos, existiendo además un poder judicial capaz de sancionar con severidad el ingreso de recursos ilícitos en favor de dichos institutos.

 

Paradójicamente, los países más desarrollados, con los mejores gobiernos, con los índices más bajos de corrupción, con los niveles más altos de vida, con estándares de seguridad elevados y una gran transparencia de la función pública, no son los que tienen más partidos políticos, sino los que tienen menos. Desde luego, los países con menos partidos, son también los países con los grados más altos en materia educativa; la excepción en cuanto a número de partidos sería Suecia, si bien, allá sí funcionan.

 

En México las cosas siguen siendo así porque nadie se ha dedicado, consistentemente, a la generación de ciudadanía, condición sin la cual toda democracia se corrompe.